martes, 23 de diciembre de 2008

Tú no lo sabes, pero yo, en este preciso momento, estoy corriendo. No importa si te lo crees o no. No importa si vienes a este blog y crees que ya no escribo. Todo lo contrario. Escribo, pero no tengo tiempo para teclear. No olvides que estoy corriendo. Tengo más que contar que nunca. Pero me preocupa si voy bien situado en carrera. Y dónde está la meta. No pasa nada especial, lo que ocurre es que estoy cansado.

Lo que ocurre es que estoy triste.

Me voy a tatuar el nombre en el brazo para oir a la gente animarme. Puede que funcione.
Hoy, después de lo de ayer, no sé cómo pensarte. Quiero escribirte y no encuentro las palabras. Se han ido todas. Se fueron contigo. Aún no sé dónde. Como las hojas de este otoño que se nos muere por costumbre.

Mentiría si dijera que duele como antes. Como entonces. Y si te dijera que puedo conjugar en pasado todos los verbos que usamos, también mentiría. Pero si quieres te miento. Si quieres jugamos a seguir enredando nuestros dedos en este hilo. Estoy seguro de que aún queda espacio para hacernos algún corte más. Lo que no sé es si quedará algo de sangre que acuda a la herida.

Lo siento, últimamente no consigo concentrarme ni siquiera para hacer conjeturas. Dedico todos mis esfuerzos a compaginar la vida con el dejarme morir en tu recuerdo. Porque lo cierto es que el olvido nos alcanza diluyéndonos en esta tristeza líquida que es tan dulce como amarga, que se hace respirable por momentos.

Quiero no volver a escribirte. Prometo pensarte, aunque sea desordenadamente. Sin horarios. Cada vez menos.
Hasta que nos conozcamos de nuevo.