Lloro porque es cierto, porque yo te lo dije y ahora tú lo crees, porque lo sabía y lo sigo sabiendo aunque no pueda verlo porque ando como ciego.
Porque me golpeo contra las paredes de este pasillo tan estrecho del dolor.
Del tuyo.
Del mío.
Porque hasta la más mínima e imperceptible vibración que se produce a mi alrededor hace que mi corazón amenace con romperse en mil pedazos y no entiendo cómo es posible que no suceda.
Lloro porque sé que voy a olvidarte.
Porque me vas a olvidar.
Y seremos felices y no.
Tú sin mí y yo sin ti.
Y todos los momentos que vivimos se perderán en un cajón junto a nuestro futuro.
Lloro porque aferrarme a este dolor es la última manera que tengo de decirte que te quiero antes de que nos perdamos el uno al otro
lunes, 23 de febrero de 2009
Puede que todas las canciones lleguen siempre a destiempo, como lo hacen algunos trenes, que transitan sin horario las vías de esta suerte absurda que es vivir.
Puede, también, que yo no sea más que una mancha en el mantel, una gota de agua resbalando en el cristal de una ventana o el ladrido de un perro en mitad de la noche.
Pero hay algo que me despierta de madrugada, obligándome a continuar, como si fuera un juguete al que le han dado demasiada cuerda y que, por inercia, sigue funcionando.
Hay algo más grande que yo habitándome a deshoras, compartiéndome el cuerpo y el miedo, desordenándome el nombre, desbaratándome los pasos y las prisas, las letras y las esperas.
Algo que no nace de mí y que sin mí no es...que de no existir me convertiría en otro, seguramente mejor.
Nunca pude ni supe cambiar. Confieso que tampoco quise.
Puede, también, que yo no sea más que una mancha en el mantel, una gota de agua resbalando en el cristal de una ventana o el ladrido de un perro en mitad de la noche.
Pero hay algo que me despierta de madrugada, obligándome a continuar, como si fuera un juguete al que le han dado demasiada cuerda y que, por inercia, sigue funcionando.
Hay algo más grande que yo habitándome a deshoras, compartiéndome el cuerpo y el miedo, desordenándome el nombre, desbaratándome los pasos y las prisas, las letras y las esperas.
Algo que no nace de mí y que sin mí no es...que de no existir me convertiría en otro, seguramente mejor.
Nunca pude ni supe cambiar. Confieso que tampoco quise.